Solemnidad de Todos los Santos

SANTOS Y FIELES

Porque para mí la vida es Cristo y morir una ganancia (Fil 1,21)

Santidad y muerte convergen en la conmemoración de todos los santos y los fieles difuntos. Dos realidades que enmarcan, sin excepción, la vida de todo creyente y que adquieren una dimensión trascendental cuando hacemos nuestra la promesa de la resurrección: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él (Rm 6,8).

La santidad es un llamado de parte de Dios, que se convierte en modo de vida cuando el hombre responde y dice sí de forma definitiva; es lo que nos define como hijos de Dios y miembros de la Iglesia.

La santidad es expresión y manifestación de nuestra condición creatural: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27). Podríamos decir, inclusive, que la santidad es inherente a nuestra propia naturaleza: somos santos porque Dios es santo (cf. Mt 5,48).

Más allá de esta bienaventuranza, de la que el Padre nos hace partícipes, nos descubrimos llamados a vivir, pero también a morir. La humana pone límites insalvables a lo que somos, o a lo que pretendemos ser: finitos, vulnerables y mortales.

Esta muerte, inminente e inherente, no es definitiva si vivimos siendo fieles a la voluntad del Padre, él nos resucitará en el último día (Jn 6,54).

Los santos nacen, crecen, se reproducen y mueren, pero su vida entregada a la voluntad de Dios, con una fidelidad inquebrantable, los encamina hacia la vida eterna.

Por eso, desde la intuición de Pablo, la santidad es un vivir en Cristo y morir es la puerta que nos abre el horizonte de la esperanza, a lo definitivo:

No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con él, y así estaremos siempre con el Señor (1Tes 4,13-14).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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