Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,36-43)
En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo».
Jesús les contestó: «El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.
Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».
Palabra del Señor.
Escuchamos esta misma parábola hace dos domingos; una parábola retadora y controversial, en la que podemos encontrar varias enseñanzas para la vida ordinaria y para la vida de fe.
Cizaña y buena semilla, dos símbolos que siempre nos inquietan, porque la contrariedad entre ellas refleja, de un modo u otro, nuestras propias contradicciones: la cizaña que somos por dentro pretendiendo ser semilla buena, o la cizaña que “vemos” en los otros, aunque en realidad sean buena semilla, para descalificarlos, expulsarlos de la comunidad, o de la familia, arrojarlos al horno encendido, y que sean ellos los que experimenten el llanto y la desesperación(cf. v. 42).
El fin del mundo (cf. v. 40), esa realidad futura e incierta, misteriosa e incalculable, nos pone en riesgo de creer que, mientras no suceda, por ahora no pasará nada con lo que hagamos o dejemos de hacer. Pero hay que andar con cuidado, porque es en el aquí y el ahora donde serán arrancados, o puestos en evidencia, los malvados, los que inducen a otros al pecado (cf. vv. 41-42). Por el contrario, también en el aquí y el ahora, los justos brillarán como el sol (v. 43).
El que tenga oídos, que oiga (v. 43)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

