DOMINGO 31

Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

  • Ex 34,4-6.8-9; Dn 3; 2Cor 13,11-13; Jn 3,16-18.

« Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo »[1]. (AL 11)

El Papa describe al Dios cristiano no como un concepto por definir, sino como una experiencia por descubrir y vivir. Experiencia que aflora de su misterio más íntimo pues, al revelarse, abre ante nosotros la posibilidad de descubrirlo cada vez con más hondura y mayor claridad.

No es una soledad, ni en sí mismo ni fuera de él, porque el amor que unifica es también fuente de relaciones abiertas, de interacción creativa, de entrega y aceptación. Por eso mismo, la dimensión familiar es la realidad humana, aunque también divina, que se convierte en espacio teológico donde el Dios trino se identifica y establece su morada.

El saludo de Pablo a todos los fieles (2Cor 13,12) hunde sus raíces en una experiencia espiritual que ha descubierto la maravilla de ese Dios cercano, que se hace presente en medio de su pueblo: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes (2Cor 13,13); saludo que a lo largo de la historia se ha convertido en la bendición que nos sella e identifica como hermanos y miembros de la misma Iglesia; que nos acompaña y nos define como cristianos.

En este misterio, dice el Papa Juan Pablo, la esencia es el amor, porque en el amar está el darse, tal como Dios se da a nosotros, porque es amor (cf. 1Jn 4,8); tal como lo experimentó Israel en su travesía por el desierto hacia la libertad: Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel (Ex 34,6).

Amor que llega a su máxima expresión en el Hijo, en cuyo rostro conocemos al Padre y por medio de su palabra/promesa, recibimos al Espíritu: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo única (Jn 3,16).

Un amor de Padre que engendra familia, donde la salvación y la libertad son promesa cumplida; en esa familiaridad que nace del amor, arraigan con fuerza el perdón y la reconciliación, gestos ineludibles de la misericordia divina: Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él (Jn 3,).

El Papa Francisco, en un breve pero profunda reflexión, resalta lo fundamental del misterio trinitario en su relación con lo humano:

Hoy, Solemnidad de la Santísima Trinidad, el Evangelio está tomado del diálogo de Jesús con Nicodemo (cfr. Jn 3,16-18). Nicodemo era un miembro del Sanedrín, apasionado por el misterio de Dios; reconoce en Jesús a un maestro divino y, por la noche, a escondidas, va a hablar con Él. Jesús lo escucha y comprende que es un hombre que está en un proceso de búsqueda. Entonces, primero lo sorprende, respondiéndole que para entrar en el Reino de Dios es preciso renacer; y después le desvela el corazón del misterio diciéndole que Dios ha amado tanto a la humanidad que ha enviado a su Hijo al mundo. Jesús, el Hijo, nos habla del Padre y de su inmenso amor. Padre e Hijo. Es una imagen familiar que, si lo pensamos, echa por tierra nuestro imaginario sobre Dios. Efectivamente, la palabra “Dios” nos sugiere una realidad singular, majestuosa y distante, mientras que oír hablar de un Padre y un Hijo nos reconduce a casa. Sí, podemos pensar en Dios a través de la imagen de una familia reunida en torno a la mesa donde se comparte la vida. Por lo demás, la mesa, que al mismo tiempo es altar, es un símbolo junto al que ciertos iconos representan a la Trinidad. Es una imagen que nos habla de un Dios comunión. Padre, Hijo y Espíritu Santo: comunión. ¡Pero no es solo una imagen, es realidad! Es realidad porque el Espíritu Santo, el Espíritu que el Padre mediante Jesús ha infundido en nuestros corazones (cfr. Gal 4,6) nos hace gustar, nos hace experimentar la presencia de Dios: presencia siempre cercana, compasiva y tierna. (Francisco, Angelus, 4 de junio de 2023)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Homilía en la Eucaristía celebrada en Puebla de los Ángeles (28 enero 1979), 2: AAS 71 (1979), 184.