SÁBADO 11

¡No teman!
Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,24-33)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos».

Palabra de Señor.

Leemos un texto con tres consejos prácticos para la vida de fe, agrupados en tres dinámicas que marcan la interacción con Jesús: los retos del discipulado (vv. 24-25), la valentía ante las adversidades (vv. 26-31) y las repercusiones de la opción por Jesús (vv. 32-33).

  • La interacción con el Señor y la hondura de la relación con él nos iguala en condiciones, en lo cotidiano, pero también ante los retos y las amenazas; podríamos decir que entre él y nosotros hay un destino compartido: Si al Señor de la casa lo han llamada Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!(v. 25).
  • Nuestro mayor temor es el hombre, el otro –amigos, hermanos, vecinos, compañeros de trabajo, desconocidos-, porque la maldad y la mentira ocultas en su corazón, son para nosotros inadvertidas e indescifrables y no sabemos el daño que puedan causarnos, incluida la muerte. No obstante hay que temer, para no sucumbir en una peligrosa ingenuidad, o falsa valentía: Teman a quien pueda arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo(v. 28).
  • El destino compartido se fragua en la fidelidad y la aceptación sin condiciones; en la osadía de reconocer lo que somos ante los hombres y reconocer, sin prejuicios, que el Señor es el centro de nuestra vida: A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre(v. 32).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.