DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO
- Sir 27,30-28,7; Sal 102; Rm 14,7-9; Mt 18,21-35
Perdón, misericordia, compasión son rasgos que se encarnan en la vida del creyente y que le vienen como herencia del Dios que lo ha creado: somos hijos de un Dios compasivo y misericordioso, que siempre perdona.
Podemos decir que estos rasgos rigen y modulan prácticamente todas las enseñanzas bíblicas que nos ponen de frente al hermano y orientan de un modo distinto nuestras relaciones; relaciones que, decía el Papa Francisco, deben estar animadas por la misericordia y no sólo por la justicia […] En la actitud divina, la justicia está impregnada de misericordia, mientras que la actitud humana se limita a la justicia. Jesús nos exhorta a abrirnos valientemente al poder del perdón, porque no todo en la vida se resuelve con la justicia, lo sabemos. Es necesario ese amor misericordioso, que también es la base de la respuesta del Señor a la pregunta de Pedro que precede a la parábola […][1]
No se trata, pues, de omitir la justicia ni desconocerla, es indispensable para una sana convivencia y, sobre todo, para construir estructuras sociales sólidas y justas, que procuren el bienestar y trabajen por el bien común. Se trata, entre nosotros, de comenzar amando, mirar con misericordia y compasión al otro, abriendo ante él la posibilidad del perdón mutuo, radical y definitivo; se trata, en consecuencia, de vivir perdonando: Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados (Eclo 28,2).
Vivos o muertos, dice Pablo, somos del Señor (Rm 14,8), y esta pertenencia reconfigura lo que somos y, por ende, lo que hacemos y, si perdonamos de corazón al hermano (cf. Mt 18,35), el Señor no nos condenará para siempre, ni nos guardará rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados (Sal 102,10).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] Ángelus, 13 de septiembre de 2020.

