SÀBADO 13

Si queremos que el mundo cambie, primero debe cambiar nuestro corazón
Papa Francisco

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (2, 41-51)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia”. Él les respondió: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.

Palabra del Señor.

¿Cuál sería nuestra reacción, como padres de familia o como responsables de alguien, en una situación parecida a la que se enfrentaron María y José? Humanamente hablando quedaríamos atrapados, muy probablemente, en la desesperación, la angustia y el terror; nuestras reacciones estarían, de igual manera, cargadas de reclamos, molestia y agresividad

También José y María se llenaron de angustia (cf. v. 48), pero en ellos había una mirada distinta, alimentada por un corazón sin maldad ni rencores; un corazón libre y generoso que se ha ido forjando gracias al amor mutuo, la confianza y la entrega incondicional. Así es el corazón inmaculado de María.

Si queremos que el mundo cambie, primero debe cambiar nuestro corazón -dice el Papa Francisco-. Para que esto suceda, dejemos hoy que la Virgen nos tome de la mano. Contemplemos su Corazón inmaculado, donde Dios se reclinó, el único Corazón de criatura humana sin sombras. Ella es la «llena de gracia» (v. 28) y, por tanto, vacía de pecado; en ella no hay rastro del mal y por eso Dios pudo iniciar con ella una nueva historia de salvación y de paz. Fue allí donde la historia dio un giro. Dios cambió la historia llamando a la puerta del Corazón de María […] (Francisco – Homilía en la celebración de la penitencia y el acto de consagración al Inmaculado Corazón de María, 25 de marzo de 2022)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.