JUEVES 9

Pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa (v. 11)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,7-15)

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: ‘Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacúdanse el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”.

Palabra del Señor.

La fuerza de esta narración atrapa nuestra atención, casi sin darnos cuenta, en el envío de los discípulos y en su misión, en las cosas que tendrán que hacer y en los pormenores del viaje; pero hay un aspecto, también importante, que cambia la perspectiva y, particularmente, el lugar que, a veces, deberíamos gestionar como espacio de acogida: la casa de alguien respetable que hospede, generosamente, a los misioneros (cf. v. 11).

La predicación del evangelio también necesita de un hogar para pausar el trabajo, recuperar las fuerzas, alimentarse, descansar y compartir cordialmente lo acontecido, con un buen pan y una taza de café.

Esa casa, dispuesta para quienes vienen de lejos, con el corazón lleno de gozo y decididos a hablarnos del Reino, puede ser el tuyo, o el mío; un hogar sencillo y fraterno donde, al abrir las puertas, se escuche con alegría: ¡Que haya paz en esta casa! (v. 12).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.