DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
- Is 5,1-7; Sal 79; Flp 4,6-9; Mt 21,33-43
De vez en vez, hacernos preguntas nos viene bien, para reflexionar, o para discernir. Y hoy, la liturgia de la Palabra hace que broten, desde el fondo, unas preguntas, incisiva e interpelante: ¿Qué hemos hecho de la vida? ¿Qué hemos hecho de la tierra? ¿Qué hemos hecho de esta comunidad fraterna, nuestra Iglesia?
En cualquier caso, el panorama no es halagador ni mucho menos prometedor (evitando caer en un pesimismo exagerado). Somos testigos conscientes de un deterioro sistemático en todos los niveles de la vida -ecológico, biológico, social, político, moral-, que nos ha llevado por caminos, hasta cierto punto predecibles (cusa-consecuencia), pero terriblemente insospechados. La autosuficiencia humana nunca será suficiente para tener el control de todo, o pretenderlo… Lo único evidente, es el fracaso.
En el canto de Isaías resuena un lamento con ecos que han venido del pasado al presente, y nos implica:
Voy a cantar, en nombre de mi amado, una canción a su viña. Mi amado tenía una viña en una ladera fértil. Removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas; edificó en medio una torre y excavó un lagar. Él esperaba que su viña diera buenas uvas, pero la viña dio uvas agrias (5,1-2).
La viña, dice le profeta, es el pueblo, la Iglesia; los hombres, la humanidad, son la plantación preferida y selecta que el Señor ha querido cuidar y de la que espera frutos buenos. Los viñadores malvados, ambiciosos y crueles representan las actitudes (desconfianza, avaricia, autosuficiencia…) de todos aquellos que han decidido suplantar a Dios y confrontarse con él.
Esta parábola, como tantas otras, refleja, de un modo u otro, el corazón y el rostro del hombre y la tensión con el Dios que lo cuida y le provee, pero que también exige y espera de él una respuesta generosa y correspondiente a su amor incondicional.
[…] Con esta parábola, Jesús nos recuerda lo que sucede cuando el hombre se cree que se hace a sí mismo y olvida la gratitud, olvida la realidad fundamental de la vida: que el bien viene de la gracia de Dios, que el bien viene de su don gratuito. Cuando uno olvida esto, la gratuidad de Dios, termina por vivir la propia condición y el propio límite no ya con la alegría de sentirse amado y salvado, sino con la triste ilusión de no tener necesidad de amor ni de salvación. Uno ya no se deja querer, y se encuentra prisionero de su propia codicia, prisionero de la necesidad de tener más que los demás, de querer estar por encima de los demás […] (Francisco – Ángelus, 8 de octubre de 2023)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

