MARTES 7

La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos (v. 37)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,32-38)

En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: «Nunca se había visto nada semejante en Israel». Pero los fariseos decían: «Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios».

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos».

Palabra del Señor.

Las realidades humanas frente a Jesús, las que le llevan para ser curadas, o liberadas (cf. v. 32), o las que él encuentra en sus andanzas por ciudades y pueblos (cf. v. 35), se caracterizan por las adversidades a las viven sometidas: opresión, desprecio, marginación, soledad, abandono, pobreza, enfermedad, cansancio, injusticias, incertidumbre

A unos les devuelve la posibilidad de hablar, de expresar lo que otros no les han permitido (cf. v. 33); a otros los convoca a escuchar, les habla del Reino, los consuela y los anima a no desfallecer. A los suyos, a los más cercanos y decididos, los invita a ser conscientes de una realidad en crisis y a tomar postura por ella: La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos (vv. 37-38). A todos da la posibilidad de recuperare la cordura, la alegría y la esperanza.

Pero, más allá del evangelio, gritan y nos interpelan las mismas realidades humanas: los que no tienen voz, los que no cuentan, los desaparecidos, los que migran y los que mueren sin sentido, abandonados, extenuados y desamparados (cf. v. 36).

El Señor nos invita a dos cosas: a compadecernos como él y, no sólo a pedir, sino a ser los trabajadores que siembran y hacen producir los campos.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.