SANTIAGO, APÓSTOL
Santiago, hijo de Zebedeo, era hermano de Juan y compañero de Pedro y Andrés. Antes de seguir el llamamiento de Jesús, que los convirtió en sus Apóstoles, estos pescadores del lago de Genesaret se habían acercado a Juan. Santiago fue testigo de la transfiguración y de la agonía del Señor. El año 33 o 34, Herodes Agripa lo mandó decapitar.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,20-28)
En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?» Ella respondió: «Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino». Pero Jesús replicó: «No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?» Ellos contestaron: «Sí podemos». Y él les dijo: «Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado».
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos».
Palabra del Señor.
Los hijos de Zebedeo, Santiago uno de ellos, a quien celebramos hoy, son reflejo de lo que el hombre desea cuando busca la gloria, la fama y el éxito, pero sobre todo, cuando lo intenta por medios que le pueden facilitar el camino hacia ello. No es una novedad ni mucho menos un hecho aislado, sino la constatación de que la condición humana, en sus búsquedas, a veces equivoca las formas y el camino para llegar a la plenitud.
La respuesta de Jesús a esa petición es la mejor manera de ubicarnos: lo que toca a nosotros es vivir a plenitud el evangelio y ponerlo en práctica, aquí y ahora (beber el cáliz); lo otro, toca al Padre. Él nos recompensará, llegado el momento definitivo, por haber cumplido su voluntad y no por haber deseado, sin más, un lugar a su izquierda o a su derecha (cf. v. 21).
Hagamos lo que sí podemos (cf. v. 22) y dejemos a Dios lo que es de Dios.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

