DOMINGO III DE CUARESMA
- Ex 17,3-7; Rm 5,1-2.5-8; Jn 4,5-42
Hambre y sed, medios de comunicación con el hermano
Pensemos en la gente que, por su condición social, su nivel económico, su raza, su forma de pensar, o sus opciones…, es despreciada por la sociedad, desconocida, hecha menos o ignorada. Es probable que haya frente a nosotros muchos de ellos, a quienes vemos como extraños e indeseables, o ni siquiera volteamos a ver…
Hemos construido muros ideológicos, cerrados en su totalidad y marcados por un rechazo sistemático; con ellos trazamos una línea de separación, a veces insuperable, convirtiéndonos, unos respecto de otros, en seres transfronterizos, lejanos y terriblemente desconocidos.
En Jesús y la samaritana se encarnan dos realidades contrapuestas de un mismo pueblo: judíos y samaritanos se depreciaban mutuamente (cf. v. 9) y se expresaban un rechazo visceral. Lo que sucede entre ellos es, a los ojos de los demás, inaceptable e inaudito (cf. v. 27): un hombre judío dialogando con una mujer, samaritana.
En esta escena, los límites ideológicos, religiosos y culturales, pasan a segundo término; dejan de ser obstáculo, cuando la condición humana, sin prejuicios, se transparenta a través de la vulnerabilidad y las necesidades. Ambos, Jesús y la samaritana, convergen en el mismo lugar y por la misma razón: tienen sed.
Las entrañas del pozo no niegan el agua a nadie, somos nosotros quienes cerramos los accesos al agua, con toda clase de justificaciones y componendas, que desembocan en conflictos inevitables. Pero Jesús nos demuestra que es posible proceder de un modo distinto: desata los atavismos y supera todo perjuicio puritano; se da así mismo la oportunidad de un diálogo sincero, abierto, que permite a la mujer ser parte de esa misma experiencia.
La iniciativa de Jesús convierte a la samaritana en protagonista del momento, la hace sentir valiosa, confiable, es, para él, la ayuda adecuada (cf. Gn 2,18): Dame de beber (v. 7). Pero, además, le hace sentir una sed por la verdad, que sólo Jesús puede saciar y, además, transformar su interior, y el de cada hombre, en un manantial capaz de dar la vida eterna (v. 14). Así, en esa confianza recíproca que comienza a cultivarse, la samaritana abre su corazón: Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed… (v. 15).
Jesús ha saciado su propia sed en el diálogo fraterno con los despreciados, y también su hambre, haciendo la voluntad de quien lo envía y llevando a término su obra(v. 34); haciendo que el Reinado de Dios llegara más allá de las fronteras que nos separan, haciéndose presente donde nadie quiere estar. Justo allí, se quedó dos días (v. 40). Jesús tiene hambre de amar.
Cuando el amor es la ley que nos rige y mueve, descubrimos que, más allá del razonamiento, hambre y sed se convierte en medios de comunicación fraterna, motivos suficientes para liberarnos de todo prejuicio y mirar la necesidad del otro a través de nuestra propia necesidad.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

