LUNES 17

Se fue entristecido…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,16-22)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un joven y le preguntó: “Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Le respondió Jesús: “¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios. Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos”. El replicó: “¿Cuáles?”

Jesús le dijo: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

Le dijo entonces el joven: “Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?” Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme”. Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico.

Palabra del Señor.

El deseo del joven es, en cierta medida, un reflejo de nuestros propios deseos: conseguir la vida eterna (v. 16). Una vida que pretendemos al alcanzar como compensación de las cosas buenas que hayamos hecho, como el resultado final de un empeño cifrado en cantidades. Vista así, la vida eterna es ajena a la finitud de la existencia humana y al devenir cotidiano en el que el hombre es lo que es y construye lo que desea.

Cumplir los mandamientos está bien, siempre y cuando el cumplimiento esté animado por el amor que sobrepasa toda inclinación a dañar al hermano: nadie que ama verdaderamente mata, roba, denigra o perjura contra el prójimo. De ese amor afloran las renuncias a las que Jesús se refiere que son, no únicamente materiales, sino sobre todo a los apegos que alimentan el egoísmo y que impiden ver más allá de la propia realidad.

Para vivir eternamente no es necesario engañar a la muerte, sino servir a la vida, es decir, cuidar de la existencia de los demás en el tiempo que compartimos. Esta es la ley suprema, que está por encima de cualquier norma social y le da sentido. (Papa León XIV, Angelus, 13 de julio de 2025)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.