DOMINGO 30

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir (Jr 20,7)
  • Jr 20,7-9; Sal 62; Rm 12,1-2; Mt 16,21-27

Optar por alguien, o algo, tomar decisiones, iniciar un proyecto…, supone una serie de renuncias y desapegos para avanzar con libertad y sin ataduras que impidan alzar el vuelo. Aunque, tal vez, por eso nos resistimos a tomar decisiones definitivas y duraderas, sabiendo, de antemano, que el compromiso supone la negación de un yo autorreferencial, cerrado en sí mismo.

Así, optar por el Reino, representa un reto mayor: El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga (Mt 16,24). El seguimiento del Señor presupone la renuncia de uno mismo y la aceptación de la cruz. Pero ¿qué significa esto en la vida de una creyente?

La renuncia nace de un discernimiento profundo, que nos ayuda a distinguir las actitudes de aislamiento, negación y lejanía de la realidad; a identificar ese yo configurado desde los criterios del mundo, que provocan maldad e indiferencia ante las necesidades humanas, de un yo capaza de abrir su corazón al hermano, dispuesto a dar la vida por él y por el Reino; dejando que una nueva manera de pensar nos transforme internamente, para distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (cf. Rm 12,2).

Tomar la cruz significa aceptar y asumir las consecuencias que implica la opción por el Reino, de manera libre y personal; no se trata de una “cruz” que Dios nos pone a cuestas, o impone, sino la cruz que acogemos con generosidad y con la firme decisión de perder la vida por el Señor (v. 25).

Renuncia y cruz afloran del corazón cuando Dios seduce y a quien no ponemos resistencia, a pesar de todo:

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste. He sido el hazmerreír de todos; día tras día se burlan de mí… Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día (Jr 20,7-8)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.