PASIÓN Y MUERTE DEL SEÑOR
- Is,52-13-53,12; Sal 30; Heb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1-19,42.
Contemplando la imagen de Jesús crucificado, Sta. Ma. Eugenia Milleret, exclamaba: Mirándote se aprende a amar. Y es que no podemos comprender el sacrificio de la cruz si no es por medio del amor.
La trágica muerte de Jesús resulta incomprensible para algunos porque sólo miran en ella el fracaso, sobre todo, cuando el seguimiento se ha convertido en una carga y se asume de manera utilitaria: ha salvado a otros, que se salve a sí mismo (Lc 23,35). Para otros es un escándalo, porque la cruz representa el peor castigo para quien han incurrido en el crimen, la corrupción y la traición.
A pesar de todo, para muchos, en la cruz, como decía Sta. Teresa, está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo. La cruz como camino, no como final ni mucho menos como fracaso; ella marca el paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Pero tal movimiento sólo se alcanza con la fuerza y determinación del amor, porque el amor todo lo puede y si Dios es amor (1Jn 4,8), para él nada es imposible (Lc 1,37).
La cruz de Cristo es rebeldía, porque en ella no muere el culpable, sino el inocente que, por amor, asume las culpas y el pecado de la humanidad para que, sacrificándose, sea redimida. Así lo proclama el profeta Isaías:
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados (53,5).
En esta imagen cargada de dolor y sufrimiento se revela un actuar inaudito e inaceptable, propio de un Dios que nos ama con locura. Este actuar de Dios adquiere ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio Dios va tras la «oveja perdida», la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar. (Benedicto XVI, DCE 12)
No cabe duda que en este sacrificio y en esta cruz se aprende a amar, y es aquí, tal como lo confirma el Papa Benedicto XVI, donde el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar. Es decir, también a nosotros nos implica ese amor, el más grande amor, capaz de dar la vida por el amigo… (Jn 15,13), y por el extraño, el indigente, el diferente, el migrante, el enemigo, el que ha optado por ser distinto, el que se equivoca y comete errores.
Un amor que nos obliga a ser conscientes de que, a veces, también nosotros contamos entre los malhechores (Is 53,12) a cualquiera que entre en conflicto con nosotros, por su forma de pensar o de vivir; porque no se ajusta a nuestros parámetros morales, o porque, simplemente, nos interpela.
La muerte del Hijo en la cruz también es palabra y en ella se alza el grito de la soledad y el abandono de tantos hombres y mujeres en el mundo; aunque también es la voz de la esperanza que nos recuerda que allí, el Hijo aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen (Heb 5,8-9).
Mirando a Jesús crucificado se aprende a amar y descubrir que Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta. (Benedicto XVI, DCE 17)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

