DOMINGO 19

DOMINGO III DE PASCUA

¡Quédate con nosotros!
  • Hch 2,14.22-23; Sal 15; 1Pe 117-21; Lc 24,13-35.

Aquel, a quien los hombres dieron muerte, Dios lo resucitó (cf. Hch 2,23-24). Ambas cosas, muerte-resurrección, pertenecen a Jesús y en ellas se fragua el proyecto salvífico que el Padre ha ofrecido a la humanidad por medio de su Hijo.

Dos realidades contrapuestas que representan, tal vez, el choque entre lo humano y lo divino; la lucha constante tras una decisión definitiva, que tensa y confronta a los que buscan dar muerte, con el Dios creador, que siempre apuesta por la vida: unos deciden matar, Dios rescatar de la muerte.

Muerte y resurrección se han convertido en paradigma del creyente, pues ahora, lo que antes pertenecía sólo a Jesús, nos abraza para que, muriendo con él, resucitemos también con él (cf. 2Cor 4,14).

No obstante, y por la razón que sea, nos hemos obstinado con la muerte, apoderándonos de ella para convertirla, o reivindicarla, como instrumento de oprobio y devastación, de dominio y opresión, de miedo y amenaza… a tal grado, que nuestra necedad opaca la maravilla de la resurrección y nos es difícil vivir resucitados.

Así, la muerte nos ha sumido en un pesimismo que desacredita las voces que hablan en nombre de Dios y descalifica todo intento de supervivencia. Nosotros, como aquellos hombres de Emaús, comenzamos a convencernos del mismo derrotismo: esperábamos que él fuera el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron (Lc 24, 21).

La muerte está allí, amenazadora, a la vista de todos, en Gaza e Irán, en Ucrania, en Uganda y Camerún; en las cárceles y en los campos de refugiados, en los migrantes que arriesgan su vida, en los desaparecidos, en cada feminicidio… La muerte es factible porque nuestros jefes, las autoridades, siguen entregando a sus hermanos para ser condenados y crucificados (cf. Lc 24,20).

Necesitamos que el camino de Emaús sea nuestro propio camino, para encontrarnos con el Señor y comience a caminar con nosotros, desvele nuestros ojos y la tristeza que enferma nuestra voz (cf. vv. 16-17). Necesitamos que en ese caminar violento y fatigado, nos interpele del mismo modo que entonces: ¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! (v. 25).

Hoy, durante la homilía del tercer domingo de Pascua, en Angola, el Papa León ha ofrecido una reflexión en torno al texto de Lucas; reflexión que nos adentra en lo más profundo de la experiencia de encuentro con el Señor:

Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola [y la de muchas otras naciones], de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.

Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido, con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.

Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.

El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin esperanza y, al hacerse su compañero de camino, los ayuda a recomponer los fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrirles que no están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando el Dios del amor. Y cuando Él se detiene a cenar con ellos, se sienta a la mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron» (v. 31).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.