VIERNES 29

Mi casa será casa de oración para todos los pueblos (v. 17)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (11, 11-26)

Después de haber sido aclamado por la multitud, Jesús entró en Jerusalén, fue al templo y miró todo lo que en él sucedía; pero como ya era tarde, se marchó a Betania con los Doce.

Al día siguiente, cuando salieron de Betania, sintió hambre. Viendo a lo lejos una higuera con hojas, Jesús se acercó a ver si encontraba higos; pero al llegar, sólo encontró hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces le dijo a la higuera: “Que nunca jamás coma nadie frutos de ti”. Y sus discípulos lo estaban oyendo.

Cuando llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a arrojar de ahí a los que vendían y compraban; volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas; y no dejaba que nadie cruzara por el templo cargando cosas. Luego se puso a enseñar a la gente, diciéndoles: “¿Acaso no está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.

Los sumos sacerdotes y los escribas se enteraron de esto y buscaban la forma de matarlo; pero le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de sus enseñanzas. Cuando atardeció, Jesús y los suyos salieron de la ciudad.

A la mañana siguiente, cuando pasaban junto a la higuera, vieron que estaba seca hasta la raíz. Pedro cayó en la cuenta y le dijo a Jesús: “Maestro, mira: la higuera que maldijiste se secó”.

Jesús les dijo entonces: “Tengan fe en Dios; les aseguro que si uno le dice a este monte: ‘Quítate de ahí y arrójate al mar’, sin dudar en su corazón y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso les digo: Cualquier cosa que pidan en la oración, crean ustedes que ya se la han concedido, y la obtendrán. Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también el Padre, que está en el cielo, les perdone a ustedes sus ofensas; porque si ustedes no perdonan, tampoco el Padre, que está en el cielo, les perdonará a ustedes sus ofensas”.

Palabra del Señor.

En el texto encontramos varios elementos (una higuera, el Templo, el mercado, el miedo, la fe, la oración, el perdón…) que, al parecer, no tendrían relación uno con otro, aunque, en realidad, en el modo cómo los presenta Marcos, se teje una secuencia coherente, cargada de enseñanzas.

Para ello, y por la claridad que posee, me permito citar la reflexión que al respecto nos ofrece Lusi A. Schökel, agrupada en tres segmentos:

11,12-14 Maldice la higuera. En la tradición bíblica, la higuera simboliza al pueblo de Dios (Os 9,10). Al llegar a Jerusalén, Jesús encuentra una sociedad que, teniendo la Palabra de Dios, no produce frutos (Miq 7,1; Jr 8,13), porque no cree que el «tiempo» del reino ya está en medio de ellos. Una sociedad así está condenada a la esterilidad.

11,15-19 Purifica el Templo. La esterilidad se extiende al Templo, que aparece hermoso y frondoso pero igualmente sin frutos. El Templo ha perdido su identidad como casa de oración universal (Is 56,7), y se ha convertido en una cueva de ladrones que, según Jr 7,11, equivale a un depósito de bienes adquiridos injustamente.

11,20-26 La higuera seca. La higuera estéril se ha secado. Jesús da tres claves para que las comunidades cristianas no caigan en la esterilidad ni en la sequedad: la fe sin reservas, la oración confiada y el perdón que favorece la comunión fraterna.[1]

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Schökel, L. A. SJ (2010). La Biblia de Nuestro Pueblo. Comentario a Mc 11,12-26.