Misa de la cena del Seño
- Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1Cor 11,23-26; Jn13,1-15
La celebración nos ubica ante aspectos medulares del misterio salvífico: la antigua y la nueva alianza, la entrega, el servicio y la conmemoración de la cena Pascual que da sentido y cohesión a la comunidad cristiana.
Por medio de Pablo recibimos, no un simple dato, o información de primera mano; él nos habla de una experiencia que abre el camino en los misterios de Dios, convirtiéndola en una celebración central que, en el contexto de la Alianza, lanza la liberación definitiva más allá del cenáculo y las fronteras de Israel. La intención de Pablo, al transmitir, es convertirnos en una comunidad que transmite, ininterrumpidamente, la misma misión a través de los siglos: cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva (1Cor,11,23).
Pero no la muerte que se agota en sí misma, perdiendo valor; sino aquella teñida con el cuerpo que se entrega por amor y la sangre que se derrama para redimir. Muerte que salva, que libera y da vida en abundancia.
Proclamar la muerte del Señor, absurda y contradictoria, que, en una cena, cambió los criterios de la relación con Dios a través del hermano y estableció un paradigma distinto en el camino de la liberación: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (Jn 13,13-15).
Este jueves estamos invitados a amar sirviendo y servir amando; vivir la cena del Señor, no como rito, sino como una experiencia de fraternidad, donde los hermanos se inclinan a los pies de su hermano para rescatarlo y liberarlo, y aprender nosotros que hemos venido a servir y no a ser servidos (Mt 20,28).
¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor (Sal 115).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

