DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO
- 1Re 3,5-13; Sal 118; Rm 8,28-30; Mt 13,44-52
Los impulsos del corazón humano son tan impetuosos que no siempre alcanzamos a contenerlos; desbordan nuestras fuerzas y la voluntad cede ante cualquier deseo, no importando a dónde nos lleve o qué consecuencias arroje, buenas o malas, en el camino de la vida.
Cuando el desear, que es propio del hombre, se materializa en el poder y el poseer, limitamos sus horizontes a lo efímero de la ambición, que en sí misma se agota, y a la absurda convicción de creer que con eso basta para ser felices.
De ese deseo sin sentido y desordenado brotan las reacciones primarias e irreflexivas, que pasan por alto la reflexión conveniente, el discernir necesario para distinguir la pertinencia de las decisiones y la espera silenciosa que nos remite al sosiego antes que a los impulsos. Si el Señor nos dijera, como a Salomón, pídeme lo que quieras, y yo te lo daré (cf. 1Re 3,5) ¿qué responderíamos?
Salomón es, tal vez, el paradigma que no alcanzamos a distinguir en medio de la confusión y que representa el fundamento sobre el cual encontramos la certeza que nos conduce a la verdad y la plenitud: Te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal (1Re 3,9).
Sin esa sabiduría, ¿cómo podríamos tomar la decisión radical de venderlo todo para obtener algo más valioso aún? (cf. Mt 13,44-46) ¿Cómo podríamos distinguir lo bueno de lo malo en nuestras vidas, y separarlo? (cf. vv. 47-50) ¿Cómo podríamos ofrecer a los demás, desde el tesoro de nuestro interior, la capacidad de acoger el presente y echar mano del pasado, con la claridad de la experiencia? (cf. vv. 51-52); sin la sabiduría no podríamos afirmar, como dice Pablo, que todo contribuye para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28) y aclamar con el salmista: A mí, Señor, lo que me toca es cumplir tus preceptos. Para mí valen más tus enseñanzas que miles de monedas de oro y plata (Sal 118).
Cuando un corazón humilde se antepone al egoísmo y se alimenta con la sabiduría que viene de Dios, no sólo recibirá lo que pida con sencillez, sino que también lo que no ha pedido… (cf. 1Re 3,13).
Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla (Aclamación antes del Evangelio, Mt 11,25)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

