MIÉRCOLES 2

Calla, escucha y espera

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (4,38-44)

En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció. Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.

Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades. De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.

Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor.

Tal parce que el ritmo y el tiempo de Dios, que se manifiestan en el actuar de Jesús, chocan con el ritmo apresurado del hombre y un tiempo que se agota antes de tiempo. Jesús mira y escucha con ternura y con la paz que brota de su corazón orante.

Nosotros, al igual que aquella gente de Cafarnaúm, nos dejamos arrastrar por las emociones, magnificamos los acontecimientos y perdemos piso ante la realidad. Así, nos acercamos a Jesús para pedir, exigir, reclamar y, a veces, importunar…

Pero, tal vez inesperadamente, encontraremos a un Jesús orante, que nos invitará, enérgicamente, a callar, escuchar y confiar; en la paz de su corazón generoso, encontraremos el alivio, la cura y la esperanza que necesitamos para renacer.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.