DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA
- Hch 2,42-47; Sal 117; 1Pe 1,3-9; Jn 20,19-31
La violenta y trágica muerte de Jesús en la cruz, inesperada e incomprensible para los discípulos, representó una terrible confusión: después de la triunfal entrada a Jerusalén y el reconocimiento de la gente como rey; después de aquella cena Pascual tan deseada, en la que se constataba la inequívoca opción por el Reino, confirmada en la Nueva Alianza, donde el pan y el vino se convirtieron en signo fehaciente de la mesianidad de Jesús y, por si fuera poco, en ella se establece, de manera definitiva, el mandamiento del amor y el servicio como la única ley…, nada de lo que ahora sucede, justo después, es lo que pensaron los discípulos que debía suceder: el maestro traicionado, arrestado, flagelado y condenado a muerte como malhechor.
En sus corazones permean el miedo, la duda y la desesperanza. No obstante, algo les decía que debían esperar, reunidos, recogiendo los hechos para comprenderlos e incorporar a ellos las palabras de su Señor: ¿Qué significa todo esto? ¿Qué nos habrá querido decir con aquello de al tercer día…? Pero tal incertidumbre no les permitía estar en paz, hasta que todo cambió:
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes (Jn 20,19).
Si la crucifixión es, a todas luces, una condena injusta, la resurrección es fruto de la justicia divina, por eso, Dios lo resucitó de entre los muertos… (Hch 13,30). Y, si nace de la justicia, la presencia de Jesús no puede ser más que fuente de paz y de vida.
En ese momento, el sentido de la Pascua (paso) cobra con más fuerza su vigencia, porque ahora está animada por una Alianza nueva y eterna, no quedando supeditada a fechas, templos o prescripciones. Hay que dar pasos adelante, salir del ocultamiento (del miedo) a la conquista del mundo. La Pascua se convierte en envío:
De nuevo les dijo Jesús: La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedará sin perdonar (vv. 21-23).
Ya no hay lugar para las dudas o la incredulidad; el miedo no puede marcar el ritmo de la vida y es decisivo comprender que la resurrección está más allá de una comprobación empírica: si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto me dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (v. 25), porque es un acto de fe profunda y desnuda: dichosos los que creen sin haber visto (v. 29).
Aunque hoy la presencia invasiva de redes y los dispositivos por los que se difunde la comunicación (los mismos que utilizamos en todo momento), provocan en los usuarios, cada vez más, al menos dos reacciones: por un lado, miedo y confusión cuando el flujo de información es desmedido, sin escrúpulos y va sesgado por intereses políticos, económicos o ideológicos; por otro, duda e incredulidad cuando los hechos sucedidos resultan in-creíbles, a menos que un tweet, un mensaje de texto, o una imagen en WhatsApp lo comprueben y satisfagan el morbo y los sentidos de la gente… ¿Sólo lo que se hace viral es digno de credibilidad? Al igual que Tomás, si no vemos no creemos.
Aceptar el envío que nace de la Pascua y arriesgar la vida por el Reino representan la posibilidad de revolucionar la vida y la dinámica social, siempre y cuando permitamos que la presencia del Señor en nuestros corazones nos de la paz que supera el miedo y dejemos que el soplo del Espíritu nos guíe por el camino.
Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego.
A Cristo Jesús no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en él ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe (1Pe 1,6-9).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

