MIÉRCOLES 19

¡Vayan también ustedes!

Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,1-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. El les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.

Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.

Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’

De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos».

Palabra del Señor.

El propietario de la viña representa a ese Dios siempre presente que, más allá de ausentarse, sale a recorrer la historia humana desde el amanecer hasta el caer de la tarde. Su eternidad inunda la finitud del tiempo y a cada instante, no importando la hora, le da un sentido de plenitud cuando nos llama a trabajar con él.

La incertidumbre que nos paralizan se rompe no sólo cuando Dios nos dice ven, sino cuando decidimos levantarnos e ir, con la esperanza de ser acogidos. Lo más sorprendente es que la justicia de Dios no depende de criterios que miden la eficacia y, en consecuencia, la recompensa, sino de un simple sí que brota, libre y decidido, de un corazón que desea estar donde Dios está.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.