Lectura del santo evangelio según san Juan (16, 20-23)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.
Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría. Aquel día no me preguntarán nada».
Palabra del Señor.
La alegría de traer un hombre al mundo (v. 20) es inconmensurable, nos llena de gozo y satisfacción; el dolor pasa y la angustia queda en el olvido gracias a esa vida que palpita y se manifiesta como un milagro.
Y tal parece, según el evangelio, que en cada uno de nosotros cabe la posibilidad, no sólo de acoger al Señor, sino de parirlo, darlo a luz al mundo, ¡anunciarlo resucitado!; hacerlo presente en medio del pueblo, para que la gente lo vuelva a ver y se llenen de alegría sus corazones, con la certeza de que nadie podrá quitarles esa alegría (cf. v. 22).
Por amor, una madre soporta todo hasta ver nacer a su hijo y el momento del parto se transforma en una explosión de alegría sin fin. Si realmente amamos, con la fuerza del amor evangélico, ¿qué estamos dispuestos a parir, qué nace de nuestro interior, qué alegría podemos traer al mundo?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

