TIEMPO ORDINARIO
Retomamos el Tiempo Ordinario, en su segunda etapa, la más larga, que inicia el primer lunes después de la solemnidad de Pentecostés, con la memoria de María Virgen, Madre de la Iglesia (25 de mayo), para concluir con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, el domingo 22 de noviembre, en el contexto de la Semana 34 del tiempo ordinario, para dar paso en seguida al Tiempo de Adviento, que iniciará el domingo 29 de noviembre.
La primera gran celebración que marca el inicio de esta etapa del Tiempo Ordinario es la solemnidad de la Santísima Trinidad, el domingo 31 de mayo (IX del tiempo ordinario), seguida por la solemnidad de El cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi), el jueves 4 de junio.
En todo hay una pedagogía y un sentido teológico por medio de la liturgia, que podemos perfilar de la siguiente manera:
- A partir de Pentecostés comienza el caminar de la comunidad cristiana, con los apóstoles a la cabeza, animados con la fuerza del Espíritu, que han recibido, y acompañados por María, la Madre de Jesús, que es Madre de la Iglesia y de todos los hombres; con ella todos perseveran unánimes en la oración (cf. Hch 1,14), en la madurez y en la predicación de la Buena Nueva a todos los pueblos.
- Jesucristo nos da a conocer al Padre y nos envía al Espíritu. El misterio Pascual, muerte-resurrección, manifiesta y revela la dimensión trinitaria del Dios de los cristianos: Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu. Dicho esto, expiró… (Lc 23,46). El Hijo, dejando su vida en manos del Padre, deja que el Espíritu, al morir, fluya como fuente de vida y fuego transformador en el corazón de los creyentes.
- La Nueva Alianza se ha pactado en la cena de Pascua (que celebramos durante la Semana Santa), con el Pan y el Vino, convertidos en Cuerpo y Sangre de Cristo, símbolos de la presencia vida del Señor entre nosotros, que conmemoramos y celebramos en cada Eucaristía: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida (Jn 6,51).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

