MIÉRCOLES 17

Ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto (v. 9)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6, 1-6. 16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará’’.

Palabra del Señor.

Dice M. Dolores Oller que hoy nos encontramos en medio de sociedades huérfanas de interioridad, que, además, reclaman y buscan, desesperadamente, por su importancia en el desarrollo de la vida. El hombre es un ser bidimensional, dice F. Torralba, que se comprende a sí mismo y se da a conocer a los demás integrando esas dos grandes dimensiones, inseparables, de su persona: la dimensión interior y la dimensión exterior. Somos por fuera lo que somos por dentro, pero si no hay dentro, ¿qué podemos ser por fuera?

La orfandad interior, o el vacío interior, nos limita, anula, de algún modo, una parte esencial de nosotros, sin la cual no podemos vivir plenamente. Hemos descuidado esa dimensión y nos empeñamos, por el contrario, en cuidar en exceso y sobreproteger lo externo: aparentamos, ostentamos, presumimos, modelamosdelante de los hombres para que nos vean (cf. v. 2)

Así, hemos olvidado que dentro de nosotros, en lo secreto, está la mayor riqueza de nuestro ser y el misterioso lugar donde el Padre habita y ve lo secreto de cada hombre: su sencillez, su humildad, su prudencia y la transparencia de su fe.

Sin la interioridad no hay felicidad verdadera, ni relaciones profundas y duraderas; no hay verdad en las palabras ni eficacia en la oración. Hay que entrar, cerrar la puerta e internarse hasta llegar al más profundo centro, donde se encuentra Dios. Porque cuanto más interior es -dice S. Juan de la Cruz-, es más pura (el alma/el hombre), y cuanto hay más pureza, tanto más abundante y frecuente generalmente se comunica con Dios. (L 1,9)

Cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará (v. 6)

[…] La interioridad nos posibilita estar y sentirnos vivos; nos ayuda a poder tener la autoconciencia de ser y de que no soy sino en relación con los demás y con el Otro; en definitiva, nos conduce a conectar con el Misterio. La interioridad es clave para encontrar sentido al vivir […][1]

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Oller, M. D. Una muestra del diálogo final. En: AA.VV. (2013). ¿De qué hablamos cuando hablamos de interioridad? EIDES 69. Cristianisme i Justícia. Barcelona. p. 25.