La soledad del sepulcro fluye en una silenciosa espera. No todo se ha perdido cuando la fe, encendida, espera el brote, lleno de vida, del grano que ha muerto.
Tres días marcados de eternidad arropan una promesa que ahora se vierte en cada corazón y, aunque parezca imposible, el recuerdo resuena con tal fuerza que, poco a poco, se transforma en certeza: a los tres días resucitaré.
Una espera que terminará cuando decidamos comenzar a caminar al amanecer del tercer día.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

