MIÉRCOLES 1

¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? (v. 29)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (8, 28-34)

En aquel tiempo, cuando Jesús desembarcó en la otra orilla del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro. Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Los endemoniados le gritaron a Jesús: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?”

No lejos de ahí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo. Los demonios le suplicaron a Jesús: “Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos”. El les respondió: “Está bien”.

Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados. Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio.

Palabra del Señor.

Jesús y los endemoniados, dos realidades contrapuestas; entre ellos se traba una lucha por la libertad y la posibilidad de elegir entre la vida y la muerte.

La sola presencia de Jesús provoca que los demonios salgan de entre los sepulcros, lugar de los muertos, y la fuerza de vida que fluye de él transforma el entorno, para recuperar la dignidad y reencontrarse con la esperanza.

Ellos saben que los hombres serán liberados de las ataduras de la muerte; una muerte forzada, ignominiosa, cruel e indignante. Su poder terminará cuando Jesús los enfrenta y se llevarán consigo la muerte y dejando que el hombre recupere su libertad en manos de Jesús.

Pensemos cuántas realidades de muerte pesan hoy sobre el hombre, que lo someten y atan a la imposibilidad de experimentar la libertad y la esperanza; cuántos hermanos nuestros viven entre sepulcros, lejos de la comunidad y ajenos a su propia dignidad.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.