LUNES 9

Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí (v. 30)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús llegó a Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: «Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria».

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una saliente del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.

Palabra del Señor.

En ocasiones, alejamos al Señor

Cuántas veces quisiéramos desaparecer a alguien, o mandar lejos a la gente que nos incomoda, que pone en duda lo que hacemos, lo que pensamos o decimos.

Dice el dicho popular que “la verdad incomoda”. Tal vez así se sintieron los habitantes de Nazaret cuando Jesús los interpeló (cf. vv. 24-29) y, muy probablemente, así nos sentimos nosotros cuando tomar postura ante la palabra revelada nos exige cambios radicales de vida, que deben ser aceptados desde la fe y purificados en el amor.

Pero, más allá de esforzarnos por cambiar y convertirnos, endurecemos mente y corazón, de tal manera, que resulta imposible que el Señor entre en nosotros y nos transforme. Por el contrario, lo único que provocamos es que el Señor pase frente a nosotros y se aleje (cf. v. 30).

De hecho, los milagros de Cristo –dice el Papa Benedicto– no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre; un amor que es una reciprocidad.  Dios nos ama para que, así, amemos. (Benedicto XVI – Angelus, 8 de julio de 2012)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.