Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe. (15,13-14)
El texto de la primera carta a los corintio, entre otros, es referente ineludible para anunciar que Jesús resucitó; además, probablemente, es uno de los más citados por el cristianismo para confirmar y dar fe de la resurrección.
En su aparente carácter negativo (si Cristo no ha resucitado), el texto paulino no hace más que decir lo contario: que Cristo resucitó. Y en ese acontecimiento todo cobra sentido -la fe, la proclamación, el seguimiento- y la vida se manifiesta como victoria, superando la muerte definitiva. Una vida que regenera, reorienta y transforma la finitud humana en una experiencia de libertad y plenitud inmersa en la eternidad de Dios.
Sólo si Jesús ha resucitado -dice el Papa Benedicto XVI- ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente.[1]
El Padre ha resucitado a Jesús y en ese resucitar que proviene de su amor generoso, todos alcanzamos la misma gracia, es decir, esa vida en plenitud, que ahora penetra todo, es también para nosotros una posibilidad eternidad al paso de nuestra finitud.
¿Qué es en sí la resurrección? Podemos decir, con certeza, que es una experiencia por vivir, o, dicho con el lenguaje de la modernidad: vivir en modo resucitado.
En este sentido, el Papa Benedicto nos encamina hacia la siguiente reflexión:
Los testimonios del Nuevo Testamento no dejan duda alguna de que en la “resurrección del Hijo del hombre” ha ocurrido algo completamente diferente. La resurrección de Jesús ha consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión de ser hombre. Por eso, la resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado que podríamos pasar por alto y que perteneciera únicamente al pasado, sino que es una especie de “mutación decisiva” (por usar analógicamente esta palabra, aunque sea equívoca), un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad.[2]
Esto mismo, en palabras del apóstol Pablo, es proclamado de la siguiente manera:
Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo, estamos seguros de que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no morirá nunca. La muerte ya no tiene dominio sobre él, porque al morir, murió al pecado de una vez para siempre; al resucitar, vive ahora para Dios. Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rm 6,8-11).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] Ratzinger, J. Benedicto XVI (2011). Jesús de Nazaret. Segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Ed. Encuentro. Madrid. p. 357.
[2] Id. pp. 359-360.

