Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,31-37)
En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.
Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”. Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.
Palabra del Señor.
Como en una película, podemos quedarnos en el asombro que provoca el suceso y no ver más que lo extraordinario: un hombre poseído, un demonio inmundo, gritos, reclamos, confrontaciones…
Llama tanto la atención algo así, que nuestra fe, muchas veces, dependerá del dato visible, de lo tangible; de la fuerza sobrecogedora del estruendo e, incluso, ya no del asombro, sino del temor que pueda provocar en la consciencia de cada uno.
Jesús, veíamos ayer, advierte a qué ha venido: a anunciare la Buena Nueva a los pobres y liberar al hombre de todas sus ataduras (cf. 4,18-19). Hoy, a partir de eso, lo encontramos enseñando, seguramente cómo amar y perdonar, cómo compartir y cómo ser misericordiosos y justos entre nosotros, para superar la pobreza y las esclavitudes.
Todo eso incomoda y, más allá de discernir o reflexionar, reaccionamos con hostilidad, como en la sinagoga de Nazaret que intentaron despeñarlo, matarlo (v. 29); o como en la sinagoga de Cafarnaúm, donde es rechazado e intimidado con fuertes gritos y muestras de un poderío desmedido (cf. v. 34).
Pero Jesús nos invita al silencio y a la renuncia de nuestras resistencias: ¡Cállate y sal de ese hombre! (v. 35), para que sólo centremos la atención en su palabra y descubramos en ella la fuerza que transforma y la verdad que libera.
Preguntémonos también nosotros: ¿Qué tendrán su palabra? (v. 36).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

