JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
San Juan Pablo II, en la encíclica “Ecclesia de Eucharistia” [La Iglesia vive de la Eucaristía] señalaba que “el Hijo de Dios se ha hecho hombre para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza a Aquél que lo hizo de la nada… De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad”.
El sacerdocio, encarnado de manera plena en Jesucristo, se constituye en elemento indispensable para salud de los hombres y para perfección de todo lo creado, obra de Dios. Todo sacerdote -de acuerdo al grado recibido- participa del mismo sacerdocio de Cristo y prolonga en el tiempo su acción redentora.
Tomado de: https://www.aciprensa.com/noticias/55690/fiesta-de-jesucristo-sumo-y-eterno-sacerdote
Lectura del santo evangelio según san Lucas (22,14-20)
En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: «Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios».
Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».
Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes.»
Palabra de Señor.
El deseo expreso del Señor se actualiza y cobra vida cada vez que nos sentamos, en torno a la mesa, a tomar, comer y repartir entre nosotros el pan y el vino que nos hermanan, bendecidos por él para transformarlos en cuerpo/comunidad que se entrega por todos y en sangre/vida que sella la alianza liberadora y que se derrama para darnos vida (cf. vv. 18-20).
Cada celebración es una Pascua porque en ella conmemoramos lo que él deseaba (cf. v. 19), y sigue deseando: liberarnos de la esclavitud del pecado y reunirnos como hermanos que comparten el mismo pan, para superar la mezquindad, el odio, el egoísmo, la indiferencia, las desigualdades, las injusticias y la muerte.
¡Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes! (v. 15)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

