DOMINGO 20

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar (Is 55,6)
  • Is 55,6-9; Sal 144; Flp 1,20-24.27; Mt 20,1-6

Conocer el tiempo y aprovecharlo, es determinante a cada momento; en su devenir, que transcurre en minutos y segundos, se esconden lo inesperado e inadvertido de la vida, aquello que llega a nosotros puntualmente y nos sorprende.

En el tiempo se extiende la trama de la historia humana y nuestras propias historias se configuran con su ritmo y a su paso incontenible, hacia un futuro indescriptible.

En el tiempo del hombre se entreteje el tiempo de Dios, puntual e inadvertido; allí nos busca y hace sentir su voz. Podemos percibir su presencia desde el primer momento, o lamentarnos, como San Agustín: ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!

Pero no importa si es tarde, el tiempo de Dios es eterno y siempre nos llama a seguirlo; todo dependerá de que nosotros nos levantemos y decidamos llegar a la cita, y comenzar a trabajar en la diaria construcción del Reino.

La advertencia de Isaías es fundamental para quienes creen que ya nada tiene sentido: Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón (vv. 6-7).

Él es rico en perdón y a todos paga por igual. Al caer la tarde, comenzado por lo últimos, recibiremos un jornal justo, cargado de amor paterno y misericordia sin límites.

Lo único necesario es decir ¡Sí!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.