FIESTA DE LAS MADRES

Con cariño y admiración perpetua a Linda, la madre de nuestros hijos, a mi madre, a mis tías y a todas las mujeres que nunca desistieron ante el reto de engendrar un hijo.

En toda realidad humana, tan diversa y tan distinta, no importando el rostro que asome en ella, palpita la vida que ha brotado de la fuente materna, y que tiene su origen en el cuerpo de una madre.

Cuerpos generosos que acogen con ternura la fragilidad humana; asumen el miedo y la incertidumbre de los nueve meses como camino de esperanza y alegría plena. Saben que no hay marcha atrás, a menos que la razón pierda el sentido, dejando que la vida fluya hasta llegar el tiempo propicio, el día que deja ver esa maravilla incontenible, mirar sus ojos y escuchar su llanto, tener entre sus manos al hijo que, día tras día, fue motivo de su canto, de su dolor y sus plegarias.

En cada uno hay un rasgo y un recuerdo imborrable de la mujer que quiso darnos vida y que, en un parto amoroso, desató el último vínculo que nos ataba a ella y enseñarnos, así, a alzar el vuelo, caminar con soltura y hablar con sabiduría.

Pero su mano siempre nos acompaña, como pilar que nos sostiene y bendición que nos protege; una mano que nos dio el sustento y el cobijo necesario y que, ahora, extendida, nos orienta para no equivocar el rumbo, superar los miedos y no perder la esperanza.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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