VIERNES SANTO

¡Todo está cumplido! (19,30)
  • Jn 18,1-19,42

La muerte es, indudablemente, el final de la existencia; inevitable, irremisible, incontenible… Y así acontece la muerte del Señor, inesperada e incomprensible. Ha sido, al parecer, el logro de quienes buscaban matarlo.

Inmovilizado en la cruz, reducido al oprobio, emerge de su voz cansada un lamento, más que humano: Tengo sed(v. 28). Una sed eterna que hoy nos interpela en la vida de migrantes, ancianos, niños sin hogar y mujeres despreciadas y olvidadas; en la voz silenciada de aquellos que por su raza, preferencias o religión, son violentados; o en el grito desesperado de las víctimas de guerras fratricidas, de la violencia, de los secuestros, de la negligencia… Allí están, con sus manos atadas a las cruces del odio, la indiferencia y la crueldad.

¡Tienen sed y el tiempo avanza sin detenerse! No todo se ha cumplido, mientras nosotros dejemos que el Espíritu que él nos entrega con su muerte, nos mueva a amar como él, hasta el extremo (Jn 13,1), y a luchar por la justicia, hasta dar la vida por el amigo y por el hermano. (Jn 15,13).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.