Lectura del santo evangelio según San Lucas (5, 12-16)
En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero. Queda limpio”. Y al momento desapareció la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: “Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio”.
Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.
Palabra del Señor.
La lepra en tiempos de Jesús era una enfermedad limitante que provocaba, en quien la padecía, por lo menos dos marginaciones: la social y la religiosa.
A los leprosos había que sacarlos del pueblo, aislarlos y evitar con ellos toda interacción: social, laboral y familiar; eran despreciados y, por lo mismo, se les condenaba al olvido.
En el ámbito religioso, la lepra era considerada consecuencia del pecado y, por ello, a los leprosos se les consideraba impuros y pecadores. Su único destino era la condena divina estipulada por la ley. Aunque hubiese manera de curarse, eso era imposible, ya que nadie, social y religiosamente, podía acercarse a ellos para atenderlos o curarlos.
El leproso y Jesús rompen la regla: él se acerca y pregunta si quiere hacer lo que otros no, Jesús lo toca antes de dar respuesta y en seguida cumple lo que el leproso busca: Quiero. Queda limpio (cf. vv. 12-13).
La curación, además, anula toda marginación y reincorpora a los hombres al pueblo, al culto y a la vida cotidiana.
Hoy, ¿qué “lepras” identificamos? ¿cuáles provocamos, o cuáles mantenemos? ¿Condenamos de la misma manera a quienes las padecen? ¿Qué estamos dispuestos a cambiar, o a romper?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

