VIERNES 31

VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

¿Quién soy yo, quiénes somos nosotros, para que la madre de mi Señor venga a verme? (v. 43)

Esta fiesta fue instituida por el Papa Urbano VI en 1389, con el objetivo de poner fin al Gran Cisma mediante la intercesión de la Virgen María. Tiene sus inicios en Bizancio, en la fiesta de la «Deposición en la basílica de Santa María de las Blanquernas de la santa Túnica de la Theotokos”, el 2 de julio, cuando se leía el Evangelio de la visita de María a Isabel. Los franciscanos adoptaron esta fiesta mariana, pero la convirtieron en la Visitación de María, en 1263. Tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la fiesta se fijó el 31 de mayo, al final del mes dedicado a María.[1]

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,39-56)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”
.

Entonces dijo María:
“Mi alma glorifica al Señor
y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador,
porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.
Santo es su nombre
y su misericordia llega de generación en generación
a los que lo temen.

Ha hecho sentir el poder de su brazo:
dispersó a los de corazón altanero,
destronó a los potentados
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia,
vino en ayuda de Israel, su siervo,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a su descendencia,
para siempre”.

María permaneció con Isabel unos tres meses, y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor.

María siempre dispuesta, asume la misión de llevar a los demás la alegría que inunda su corazón y ser portadora de la Buena Nueva que ha transformado su vida.

El Espíritu que la ha ungido, como madre del Mesías, es ahora el Espíritu que llena de gozo el vientre de Isabel (cf. v. 41).

Pero la visita de María se extiende más allá de las montañas de Judea(v. 39), ella viene a nosotros y su presencia nos hace saltar de gozo (cf. v. 44).

¿Quién soy yo, quiénes somos nosotros, para que la madre de mi Señor venga a verme? (v. 43)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Tomado de: https://www.vaticannews.va/es/fiestas-liturgicas/visitacion-de-la-beata-virgen-maria.html