VIERNES DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

VER
Un viernes más por celebrar, según los ritos y la liturgia de cada ciclo, de cada año. La Semana Santa como un memorial, o… como una costumbre.
Cruces y crucifijos, el silencio de mil procesiones, via crucis matizados de piedad, de añejos cantos impregnados de dolor que no han superado el tiempo, imágenes apócrifas que se han anclado a la fe popular; multitudes enlutadas para la ocasión (sólo para la ocasión), algunos lloran con rostros circunspectos, otros soportan el golpe de calor haciendo un esfuerzo sobrehumano para alcanzar los beneficios del sacrificio y la penitencia ocasional.
Peregrinos de la vida, ataviados con la cruz que “nos identifica”, omitimos lo único que nos hace reconocibles ante los hombres: el amor (Jn 13,35). Las cruces del viernes santo no son las cruces de todos los días, y el Cristo en ellas clavado (el de ornato), que nos conmueve y nos sobrecoge en una ráfaga de sentimientos momentáneos, no logra encarnar a los crucificados del mundo, ni siquiera les habla de la resurrección, de la esperanza, o de la victoria de la vida sobre la muerte…
JUZGAR
¿De qué serviría recordar el día de la crucifixión, para celebrarlo con solemnidad, si no vemos allí el reflejo de una cruenta realidad que nos interpela?
Una afirmación contundente y una pregunta detonante, que deja abierta la posibilidad de cualquier respuesta, apelando a la conciencia de los hombres:
Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz… ¿Y qué es la verdad? (Jn 18,37-38).
Pablo ofrece la pauta de esa verdad incuestionable: si no creemos que Jesús resucitó, nuestra fe y nuestra predicación no sirven de nada (1Cor 15,14).
La liturgia pone frente a nosotros otra pregunta, no menos importante que la primera; con ella, podemos hacer una introspección respecto de nuestras creencias y los contenidos de nuestra predicación: ¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? (Is 53,1), tratando, así, de clarificar la verdad que se oculta a nuestros ojos, tal vez por el miedo de conocerla:
Creció en su presencia como planta débil, como una raíz en el desierto. No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados.
Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes (Is 53,2-6).
¿Qué anunciamos en realidad, qué predicamos? ¿Acaso andamos errantes, cada quien por su camino, desentendidos del mundo y sus vicisitudes?
La crucifixión del Señor se alza como el grito desesperado provocado por el peso de la injusticia. Para las estructuras de poder, es el ultimátum (“querían acabar con él”), para la razón, que nace de la verdad, es un gesto de rebeldía que desenmascara el miedo del hombre a enfrentar la realidad y su incapacidad para ir más allá de su finitud.
Esa muerte fue definitiva, pero no la primera de muchas otras. Eso quiere decir que no hemos comprendido que el sacrificio de Jesús se hizo una vez y para siempre (Heb 10,10), él se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen (Heb 5,9).
El Viernes Santo es el recuerdo de una victoria, memorial del sacrificio con el que se pacta la alianza, nueva y eterna, no la repetición de una tragedia, a través de la cual apartamos la mirada, como recuerda Isaías, despreciando y desestimando el dolor real de los que sufren y mueren atados a las cruces de la sin razón y la piedad vacía de amor.
Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (Flp 2,8-9).
ACTUAR
Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno (Heb 4,14-16).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
