VIERNES 27

El primer día después del sábado… (v. 2)

S. JUAN, APÓSTOL Y EVANGELISTA

Había encontrado al Señor, junto con Andrés, en las orillas del Jordán. Desde aquella tarde fue “el amigo” del Señor, amigo íntimo, testigo de su transfiguración y de su agonía; testigo presencial de su muerte y sepultura. En la mañana del domingo de Pascua, es uno de los primeros testigos de la resurrección de Cristo, quien viendo, creyó (cf. Jn 20,8). Todo esto lo transmite en sus escritos: Lo que hemos visto y oído; lo que hemos tocado con nuestras propias manos… (1Jn 1,1) (Fuente: Misal diciembre 2024, Buena Prensa).

Lectura del santo evangelio según san Juan (20, 2-9)

El primer día después del sábado, María Magdalena vino corriendo a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso, llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

Aquella mañana del primer día después del sábado (v. 2), Juan fue testigo de lo anunciado por María Magdalena: el sepulcro vacío, símbolo inequívoco de la resurrección del Señor. Vio y creyó (v. 8).

Nosotros, ¿cómo y en qué medida creemos en la resurrección? No somos testigos del mismo modo que Juan, pero al celebrar la Natividad de Jesús descubrimos que Dios ha optado por la condición humana para estar entre nosotros y con eso nos dice que la vida es maravillosa y que valió la pena hacerse hombre (Jn 1,14), uno de nosotros (cf. Flp 2,7). Por eso mismo la resurrección tenía que sobreponerse a la muerte, porque él vino a darnos vida y vida en abundancia (Jn 10,10).

Creemos en la resurrección porque somos testigos de la vida en cada niño que nace, en cada hombre que ríe, en cada enfermo que sana, en cada mano que rescata, en cada abrazo que perdona, en cada voz que pronuncia nuestro nombre, en cada palabra que proyecta el amor que nace del corazón.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.