VIERNES 16

Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre (v. 6)

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,3-12)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerle una trampa: «¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?»

Jesús les respondió: «¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer, y dijo: ‘Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola cosa?’ De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Pero ellos replicaron: «Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?»

Jesús les contestó: «Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio».

Entonces le dijeron sus discípulos: «Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse». Pero Jesús les dijo: «No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo».

Palabra del Señor.

Qué difícil nos resulta, a veces, comprender la hondura, la grandiosidad y, al mismo tiempo, la sencillez de la revelación. Ofuscados por nuestras dudas perdemos de vista el horizonte de la esperanza y nos ahogamos en la turbulencia de nuestras propias confusiones y en la compleja necedad de elucubrar innecesariamente.

Hemos sido creados para ser felices, para compartir la vida y ser el uno para el otro, amándonos desde el principio (cf. v. 8), con el mismo amor con que Dios nos ama, para evitar así el engaño, la infidelidad, el desprecio, las injusticias y el abandono.

La felicidad también se encuentra cuando renunciamos libremente, a algo o a alguien, por el Reino, asumiendo un modo distinto y creativo de ser para los demás. A Dios no le importa si somos incapaces para el matrimonio, o si hemos sido marcados, o estamos heridos por los juicios, los calificativos y las categorías humanas (eunucos, afeminados, inadaptados, homosexuales…); lo que él espera es que respondamos a su llamado, comprendamos su palabra acogiéndola, la pongamos en práctica (cf. v. 12) y que ablandemos el corazón.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.