SÁBADO 8

Dios conoce nuestros corazones

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16, 9-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo. El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?

No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero’’.

Al oír todas estas cosas, los fariseos, que son amantes del dinero, se burlaban de Jesús. Pero él les dijo: “Ustedes pretenden pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce sus corazones, y lo que es muy estimable para los hombres es detestable para Dios”.

Palabra del Señor.

Es imposible separar, en cierta medida, nuestros compromisos económicas, sociales y políticas del ámbito de la fe; somos del mundo y vivimos en el mundo. El punto, es saber a qué damos prioridad, o, más aún, cómo orientamos todo eso con los criterios del evangelio.

Cuando chocan ambas realidades, se desata en nuestro corazón un terrible conflicto por no saber a quién servir: a Dios o al dinero (v. 13). Tal confusión nos impide distinguir entre lo pequeño y lo grande; entre lo que vale y lo que no tiene valor; entre la voluntad de Dios y la propia voluntad. De tal modo que, poco a poco, vamos optando por lo que más nos satisface (el dinero) y lo que menos nos compromete, configurando nuestra vida con modelos de irresponsabilidad, infidelidad y apariencia:

Ustedes pretenden pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce sus corazones… (v. 15)

Te has preguntado cómo ganar amigos con el dinero, tan lleno de injusticias (v. 9): administrándolo con la dinámica del amor, de la justicia y la solidaridad. Pero esto sólo posible cuando servimos a Dios y configuramos nuestra vida con su voluntad.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.