SÁBADO 22

Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos (v. 20)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32)

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: «Éste recibe a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo entonces esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ «.

Palabra del Señor.

Todo comienza con una murmuración y un desacuerdo, porque lo que hace Jesús incomoda, interpela y pone al descubierto las injusticias provocadas por una moral condenatoria y excluyente: Este recibe a los pecadores y come con ellos(v. 2).

Jesús, sin entrar en discusión, con una parábola reorienta la mirada y pone el énfasis en el Padre, que es el Dios del que él habla y pocos conocen de esa manera.

Una parábola que nos enseña tantas cosas en torno a la ternura, la compasión, el perdón, la misericordia y la alegría; aunque también nos habla de la desconfianza, del orgullo, de la envidia y la indiferencia.

Jesús resalta la fragilidad humana, así como es, en los dos hijos, y nos recuerda que, a pesar de ello, tenemos la posibilidad de levantarnos, remontar y recuperar la dignidad, o, por el contrario, quedarnos inertes en nuestra cerrazón.

Si somos hijos de ese Padre, estamos llamados a ser como él: más que decepcionarnos, enterneceros profundamente ante la realidad del hermano, correr hacia él, abrazarlo, besarlo y hacerlo sentir amado para que sepa que ha sido perdonado.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.