SÁBADO 10

Es necesario que él crezca (v. 30)

Lectura del santo evangelio según san Juan (3, 22-30)

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía.

Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación. Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él”.

Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él’. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”
.

Palabra del Señor.

Pensemos cuántas veces nos habremos apropiado, individual o institucionalmente, e incluso a nivel eclesial, de aquello que es propio de la revelación y que, tal vez, como decía el bautista, a nadie ha sido dado del cielo (cf. v. 27).

Es decir, a veces la imaginación, los intereses personales, la obstinación intelectual o la estrechez moral se sobreponen a lo que realmente es la Voluntad de Dios y nos impiden ver más allá de los parámetros que hemos establecido convencionalmente. Así, vivimos más apegados a nuestra propia voluntad que a la de Dios.

El evangelio nos invita a decir no soy yo, hay alguien más a quien podemos acompañar, seguir y escuchar con atención para sentirnos realmente alegres con su palara y su voz (f. vv. 28-29). Nos dice que es necesario, aunque sea doloroso y difícil, venir a menos, permitiendo que la riqueza del evangelio crezca y su abundancia alcance a todos (cf. v. 30)

Bien decía Teresa que sólo la humildad nos da la posibilidad de caminar al paso de la verdad:

Una vez estaba considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsome delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad; que lo que es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y no ser nada; y quine esto no entienda, anda en mentira. A quien más lo entiende, agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios […] nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén. (VI M 10,8)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.