MIÉRCOLES 4

Se fue a un lugar solitario… (v. 42)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,38-44)

En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció. Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.

Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades. De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.

Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor.

A Jesús lo buscamos para muchas cosas; lo invocamos, le pedimos, le suplicamos que nos cure, nos alivie, o nos proteja del mal. Seguramente nos escucha y permite que todo eso sea posible.

Pero hay algo distinto y más profundo en nuestra relación con él: cuando parece que se ha ido y no lo encontramos, es poque se ha retirado a un lugar solitario (v. 42) y quiere que allí, en soledad, lo busquemos; lejos de tantas preocupaciones y tantos apegos; alejados de todos esos ruidos que ensordecen para que, en el silencio, escuchemos su voz.

Nos invita a caer en cuenta que el único lugar solitario, que hemos abandonado, es el corazón, y es allí donde podemos encontrarlo. Precisamente allí donde, como dice Teresa, se tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama (V 8,5).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.