MIÉRCOLES 31

¿Quién soy yo para que la madre de mis Señor venga a verme?
(v. 43)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,39-56)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Entonces dijo María:
“Mi alma glorifica al Señor
y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador,
porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.
Santo es su nombre
y su misericordia llega de generación en generación
a los que lo temen.

Ha hecho sentir el poder de su brazo:
dispersó a los de corazón altanero,
destronó a los potentados
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia,
vino en ayuda de Israel, su siervo,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a su descendencia,
para siempre”.

María permaneció con Isabel unos tres meses, y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor.

¿Quién soy yo? (v. 43)

Hagamos de este texto un reflejo de nuestra vida y dejemos que Isabel nos represente: como a ella, María nos visita, viene a nuestro encuentro, para saber cómo estamos y servirnos.

Que el asombro ante esa presencia no se apague nunca y podamos decir, a cada momento, con la alegría que aflora del corazón: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! (v. 42).

Tal vez, como Isabel, nos preguntemos sin comprender esa inesperada visita: ¿Quién soy yo para que la madre de mis Señor venga a verme? (v. 43). Pero la respuesta está en el gozo que invade nuestro interior, cuando su mirada y su palabra nos transforman, nos acogen y nos guían hacia el encuentro con el Señor, su Hijo.

De cuando en cuando, dejemos que María nos visite y alegre nuestras vidas.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.