STO. TOMÁS APÓSTOL
Tomás, uno de los doce, a quien reconocemos por su incredulidad. Durante la pasión y la resurrección del Señor, Tomás revela toda su personalidad. En la última cena, hace una pregunta, quizá en tono áspero, «¿cuál es el camino?», obtiene esta respuesta de Jesús: “Yo soy el camino, la vedad y la vida” (Jn 14,5-6). Inicialmente Tomás no creyó que el Señor se les hubiera aparecido a sus compañeros resucitado, pero cuando el Señor se le aparece y lo invita a poner sus dedos y sus manos en sus heridas, Tomás exclama: “¡Señor mío y Dios mío!” (Misal Buena Prensa, julio 3).
Lectura del santo evangelio según san Juan (20, 24-29)
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Palabra del Señor.
A veces no dimensionamos la dicha que aflora de una simple, pero profunda y determinante actitud nuestra ante del Señor: Creer sin haber visto.
Una fe que no depende de la materialidad de las cosas ni de la comprobación de los hechos, es la que el Señor admira, reconoce y alaba; una fe que acoge humildemente el misterio y lo simplifica en el corazón con la más bella y sincera respuesta que el hombre puede dar al Dios que lo ama: ¡Creo!
Dichosos los que creen sin haber visto (v. 29).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

