SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS
En la tradición cristiana, particularmente en el ámbito de la religiosidad popular, hay una peculiar devoción por los ángeles custodios, o ángeles de la guarda. Son los ángeles que velan por los hombres, guardan sus caminos, presentan a Dios sus oraciones y son enviados por Dios para asistir a los seres humanos y protegerlos, especialmente a los niños quienes, por su fragilidad y vulnerabilidad necesitan del cuidado que el Padre les concede por medio de sus ángeles.
El culto a los ángeles de la guarda comenzó en la península Ibérica y después se propagó a otros países. Existe un libro acerca de esta devoción en Barcelona con fecha de 1494.
Desde su comienzo (cf. Mt 18, 10) hasta la muerte (cf. Lc 16, 22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf. Sal 34, 8; 91, 10-13) y de su intercesión (cf. Jb 33, 23-24; Za 1,12; Tb 12, 12). «Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida» (San Basilio Magno, Adversus Eunomium, 3, 1: PG 29, 656B). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica 336)
Lectura del santo evangelio según san Mateo (18, 1-5. 10)
En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es más grande en el Reino de los cielos?»
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: «Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo».
Palabra del Señor.
Una vez más la misma pregunta y el mismo ejemplo. A los adultos nos inquieta saber cómo sobresalir ante los demás; cómo mantener un cierto status de aceptación y reconocimiento; cómo ser el más grande (cf. v. 1), o el más importante… Pero en la dinámica del Reino eso es lo de menos.
Lo que Jesús nos pide es cambiar, hacernos como niños (cf. v. 3). ¿En qué sentido? Un adulto depende, muchas veces, de obstinaciones, atavismos y costumbres; de tradiciones inapelables, de ideas fijas y hábitos irrefutables; de ritos repetitivos que le dan “seguridad” pero no certeza. En cambio, un niño es libre, afable, impredecible; abierto a la novedad, goza con lo inesperado y sonríe no por ser el más grande, sino por ser el más feliz.
Además, un niño acoge con humildad la protección de Dios, porque la necesita, y mira con agradecimiento a todos aquellos que, como ángeles, antes que despreciarlo (cf. v. 10), lo cuidan, lo aman y lo abrazan con misericordia.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

