
LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
La Liturgia de la Palabra, para la solemnidad de la Natividad del Señor, propone cuatro momentos que abarcan toda la jornada celebrativa, desde la vigilia hasta el atardecer del día 25. Cada uno de ellos está iluminado con distintos textos bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo testamento, particularmente de los evangelios que, en sus contenidos, van en sintonía cronológica con el momento de la celebración:
- Misa vespertina de la vigilia: Mt 1,1-25.
- Misa de la noche: Lc 2,1-14.
- Misa de la aurora: Lc 2,15,20.
- Misa del día (para todo el día): Jn 1,1-18.
En conjunto, poseen una riqueza invaluable, profunda, amplia como el horizonte infinito; uno a uno, nos llevan de la mano, con sencillez y claridad, a través del misterio de la encarnación, para admirarlo, disfrutarlo y asimilarlo con mayor fuerza y profundidad.
De entre todos los textos, centraremos la atención en Lucas 2,1-14 (Misa de la noche), con la intención de resaltar el momento definitivo; momento que marca el inicio de esta gozosa aventura en la que, como decía bellamente Juan de la Cruz, la Madre aquel trueque veía: el llanto del hombre en Dios y en el hombre la alegría, lo cual del uno y del otro tan ajeno ser solía.[1]
Mientras estaban en Belén de Galilea, la ciudad de David, lejos de su casa y de su tierra, le llegó a María el tiempo de dar a luz (2,6). Allí, nació el niño, vulnerable e indefenso, envuelta en pañales y recostado sobre la precariedad y la incertidumbre de la pobreza. Allí, lo encontraron los pastores, arropado con la escasez que la misma sociedad agota y niega, en los límites, para algunos infranqueables, de las periferias, porque ya no hubo lugar para ellos en la posada (v. 7).
La lección es muy clara: Dios no se manifiesta en los parámetros del poder y la magnificencia que el hombre común ambiciona, sino en la sencillez de la vida y en los gestos fundamentales de la felicidad: el asombro y la confianza que, seguramente, se reflejaron en el rostro de los pastores cuando el ángel les dijo: No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo (v. 10).
El tiempo de dar a luz marca el tiempo de la salvación, el inicio de algo nuevo: Hoy les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor (v. 11).
El anuncio del ángel es contundente, no se agota en sí mismo, sino que provoca movimiento, búsqueda; mensaje que reanima la esperanza y deja ver la luz del sol que nace de lo alto (cf. Lc 1,78): ¡Vayamos hasta Belén! (2,15).
La señal de Dios es la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo […] (Solemnidad de la Natividad del Señor: Homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Domingo 24 de diciembre de 2006).
Para nosotros hoy, la pregunta es: ¿hacia dónde nos movemos cada navidad? ¿Qué cosas nos asombran y en cuáles confiamos, a tal grado, que en nuestro corazón renazca la esperanza y la felicidad que lo inunda?
También para nosotros la navidad debe ser el tiempo de dar a luz. Luz a la soledad, a la tristeza, al abandono, a la indiferencia; luz que ilumine toda duda y disipe todo temor. Una luz que ayude a mantener la alegría y a ver con claridad el rostro de Dios en las precariedades de la vida.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] Romance sobre el Evangelio «In principio erat Verbum», acerca de la Santísima Trinidad, romance 9º: Del Nacimiento.
