
(Hch. 2,3)
- Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23
En cada uno se manifiesta el Espíritu ara el bien común (1Cor 12,7)
El desequilibrio, la inequidad y la desigualdad, entre otras problemáticas sociales, son el resultado de una serie de comportamientos humanos que han centrado la atención, y las fuerzas, en el cuidado del bien propio, olvidando, poco a poco y cada vez más, el cuidado por el bien de todos.
Diversos factores, como la mercadotecnia, el afán de consumo sin límites, el materialismo que alimenta y exalta los sentidos, la superficialidad de sentimientos e ideas, la transitoriedad en las decisiones y la falta de compromiso, el hedonismo, la autoreferencialidad, el relativismo…, han ido construyendo una versión de persona caracterizada por la egolatría (absolutización del yo) y el egoísmo (afirmación del yo y negación del otro).
Esta tendencia, además, se manifiesta en dos modos de absolutizar el yo: el individual personal (la persona en y para sí misma) y el individual colectivo (grupos, instituciones, sociedades en y para sí mismas), que, por demás, se han convertido en “modelos culturales” y referenciales en todos los ámbitos del quehacer humano (laboral, familiar, escolar, religioso, político, económico, etc.), orientando, así, una tendencia a sólo satisfacer los intereses propios, no importando los medios y las consecuencias que ello implique.
Ante esta realidad y este panorama, el principio del bien común, el bien para todos, nos reclama e interpela. Así lo advierte el Papa Francisco: En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencia por lo más pobres […] No estamos hablando de una actitud opcional, sino de una cuestión básica de justicia […] (Laudato sí, 158-159).
La solemnidad de Pentecostés nos recuerda que aquella promesa hecha por el Señor a los discípulos, de enviar al Espíritu, se hizo realidad y, que desde entonces, el destino de la comunidad creyente ha tomado rumbos inadvertidos, animada por una fuerza que no deja de inspirar, todavía hoy y en cada uno de nosotros.
En medio de sociedades huérfanas de interioridad (M. Dolores Oller), vacías de sentido y cerradas en sí mismas, estamos llamados a provocar que el desánimos de la gente, al escucharnos hablar en su propio lenguaje y de cosas distintas, quede atónito y lleno de admiración (Hch 2,7), de asombro y de esperanza, para salga de su ensimismamiento.
Pentecostés irrumpe como un reclamo a romper con el intimismo espiritual y la religiosidad individualista, marcados por la autosatisfacción y la ausencia de compromisos; porque el fuego del Espíritu llena, transforma y mueve a salir al mundo, a encontrarse, cara a cara, con todos los hombres y todos los pueblos, y anunciar ante ellos la Buena Nueva, sin importar raza, lengua o religión (cf. Hch 2,4-5):
Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 20,22-23).
Pentecostés nos invita a superar todas las divisiones provocadas por los individualismos autorreferenciales, recordando que el Espíritu es el mismo, el Señor es el mismo y que Dios, que hace todo en todos, es el mismo (1Cor, 12,4-6).
Pentecostés nos impulsa a recuperar la paz y salir de nuestros miedos, de donde nos hemos encerrado (cf. Jn 20,19-20), y dejar que el Espíritu se manifieste en nosotros, hasta transformar el rostro de la tierra.
En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común (1Cor 12,9)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
