MARTES 3

¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? (v. 34)

S. GREGORIO MAGNO, Papa y doctor de la Iglesia

Gobernó la Iglesia durante 14 años, del 590 al 604. No obstante su deteriorada salud, realizó una obra considerable. Como “Siervo de los siervos de Dios” proveyó de víveres a la ciudad de Roma, mientras enseñaba al pueblo y preparaba la evangelización de Inglaterra. En la contemplación encontraba la fuente de su acción (Tomado del misal de septiembre, Buena Prensa).

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,31-37)

En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.

Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”. Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región
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Palabra del Señor.

En nuestro corazón habitan, de vez en cuando, ciertos demonios que nos alejan de la realidad y con los cuales ponemos límites a la relación con la familia, los hermanos, los amigos, o con la gente que tiene la intención de ayudarnos. Esos demonios que se llaman envidia, resentimiento, sospecha, desconfianza, miedo, egoísmo, duda

Con ellos marcamos fronteras infranqueables para que “nos dejen en paz” y nadie “se meta con nosotros”; nos defendemos porque al abrirnos, ser amables, ceder un poco, o confiar, esa autoimagen dura y cerrada, se destruiría. Por eso gritamos: ¡Déjame, aléjate! (cf. v. 34).

Pero necesitamos que alguien nos ayude a callar, guardar silencio, para escuchar a los demás y a nosotros mismos; deshacernos y tirar por tierra todo aquello que nos daña y nos impide ser verdaderamente libres (cf. v. 35).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.