MARTES 21

El que recibe en mi nombre a uno de estos pequeños, a mí me recibe…
(v. 37)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará». Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutían por el camino?» Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado».

Palabra del Señor.

Servidores de todos

Previo al inicio de la Cuaresma, la liturgia nos ofrece un texto donde encontramos tres realidades contrapuestas y que nos ofrecen un panorama para el discernimiento y la toma de decisiones.

  • Primero, la realidad de Jesús: El Hijo del hombre va a ser entregado, le darán muerte pero resucitará al tercer día (v. 31).
  • Segundo, la realidad de los discípulos: No comprenden, tienen miedo a la verdad y centran toda su atención en sus aspiraciones al poder: ¿Quién de ellos será el más importante? (vv. 31-34).
  • Tercero, la realidad de los verdaderos discípulos: La primacía no está en el poder, sino en la humildad, la sencillez y el servicio al hermano (v. 35).

Por último, nos invita a desarmar nuestras estructuras mentales y abrazar (v. 36) la novedad del Reino: a Jesús no lo encontramos en las figuras de autoridad y de poder, sino en la pequeñez, la transparencia y la inocencia de un niño.

El que recibe en mi nombre a uno de estos pequeños, a mí me recibe… (v. 37)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.