LUNES 24

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Juan es su nombre (v. 63)

La Iglesia celebra gozosa el nacimiento de Juan el Bautista, cuya misión fue dar testimonio de la luz en el umbral de los tiempos nuevos. Jesús mismo destacó el incomparable papel del Bautista, cuando dijo: «Entre los hijos de las mujeres no hay ninguno que se pueda comparar con Juan Bautista» (Misal junio, Buena Prensa).

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1, 57-66. 80)

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.

El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel
.

Palabra del Señor.

¿Qué puede significar para nosotros, hoy, la celebración del nacimiento de Juan Bautista? Pensemos en un nacimiento espiritual, o en un renacer, como el que Jesús le planteaba a Nicodemo (cf. Jn 3,3-5).

  • Que también nosotros podemos nacer de lo que, para otros, parce imposible, como la infecundidad, la esterilidad y la vejez de Zacarías e Isabel (cf. Lc 1,7).
  • Que también nosotros recibimos un nombre que nos identifica de manera particular y marca nuestra personalidad (cf. Lc 1,63).
  • Que también en nosotros, y eso es lo determinante, está la mano de Dios, que nos ha elegido, consagrado y marcado como hijos suyos (cf. Lc 1,66)

Queda en nosotros desarrollarnos, madurar y, sobre todo, fortalecer el Espíritu (cf. v. 80).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.